Cuando al final de día descubrí que la soledad era compatible con algún estado de felicidad muy común al hombre post-moderno, no pude más que terminar la cena y decidir dar un paseo que me llevara tan lejos como la idea de pasar y hacerte una visita. Ayer, las cosas que tenían sentido formaron parte de un pasado que no tenía mucha historia sino que permitía darme una tranquilidad que por buscada era inalcanzable.
Después lo único que queda es un arrepentimiento atroz, un ir y venir entre la realidad y los relatos menos fantásticos. El mundo siempre ha sido la forma redonda de mantenerte despierto, pero a los giros de la suerte sólo es posible añadir largos caminos, que por sombríos, solamente provocan amarguras en los ojos y ese sabor casi acido de un miedo incontenible. Me repito en la oscuridad que nada ha sido real, que lo que he dado se queda corto en comparación a lo recibido.
Podría dejar de escuchar las misma canciones que cuentan dolores paralelos y distancias verdaderas, que dan una forma de pensar entre musical y mucho más correcta, pero entonces recuerdo que lo que canta es otra cosa, que lo que anhela es a otra persona, las distancias que nos separan son mas bien las dediciones de no tomar el camino de la realidad, no involucrarse y no perder en la mesa las cuestiones que por fáciles resultan poco menos que ridículas. Me doy la vuelta, encuentro la pared y no más. Extrañó esa espalda de la mujer que dormida, contará sueños a quien la mire al despertar. Estoy esperando que la espera sea menos, que te decidas a tomar en cuenta mis confusos pensamientos, esta concepción del mundo que desde mucha atrás intenta no ser la que determine mi existir. Quiero ser un ser normal entre la normalidad universal.
Una pregunta, un concepto y la explosión de mi alma, en todas estas etapas me encontraba pensando como una palabra, un nombre y sobretodo un tú, me hacen tan felizmente infeliz.
18 de agosto de 2007
Cambiando de pasado
Repetir la misma cara, el mismo nombre, los mismos labios, todos los momentos de pasión, los limita el recuerdo vivo de las caricias que no fueron y las sonrisas que se escaparían si no fuera por un pudor de alma, un miedo a rascar y sacarte un premio que no te mereces. Cambiando de pasado, brindando las únicas fuentes de un sillón al que ya no entiendo y un libro que ya no acomoda. Primero crece al instante de saberte enrolado en los mismos tiempos, las mismas riñas.
Por todo lo que aprendes en la calle y lo único que no te enseñan en la vida, por lo que moriremos algún día, con mucha suerte se convence del dolor que te pisotea comiendo los juegos.
Por todo lo que aprendes en la calle y lo único que no te enseñan en la vida, por lo que moriremos algún día, con mucha suerte se convence del dolor que te pisotea comiendo los juegos.
Respuesta inmediata
No entiendo esa especie de miedo al absoluto, la necesidad de estar ahí, presente, es para mi más grande que el no tener nada en donde estar, tal vez esa es nuestra diferencia, que los años que nos dimos los entregamos a un futuro muy diverso, aun sabiendo que así es, quiero amarte todo el tiempo en todo espacio y quiero que la verdad que nos dijimos unos días tenga el sonido de las risas del momento y el sabor de los ojos recién despiertos.
Podría darte un beso, podríamos girar hasta el vértigo de la euforia, podríamos repetirnos las caricias inocentes de una ida, de un reencuentro. No, más vale dejar descansar nuestro torcido encuentro en la lástima que sentimos por los otros, los que no tienen nada, los que nadie tienen, los que no sufren el intenso sabor de una pena.
Quiero que me des esa vida difícil de sostener, esa necesidad de serte fiel, esa angustia de no lograrlo, esa que fuera mi falta de libertad, quiero que me des la hora límite que nunca llega y el avanzar cauteloso entre laminas de noche.
Piérdete entre mis recuerdos, cuando son recuerdos olvidados los recuerdos que no recuerdan más que recordando recordar.
Mientras está y no estás, yo vigilo mi aliento que desprecia a los aires matutinos; dientes mas que dientes, un saborear colorido que no impone equilibrio al resplandor de mis nuevos dragones.
Podría darte un beso, podríamos girar hasta el vértigo de la euforia, podríamos repetirnos las caricias inocentes de una ida, de un reencuentro. No, más vale dejar descansar nuestro torcido encuentro en la lástima que sentimos por los otros, los que no tienen nada, los que nadie tienen, los que no sufren el intenso sabor de una pena.
Quiero que me des esa vida difícil de sostener, esa necesidad de serte fiel, esa angustia de no lograrlo, esa que fuera mi falta de libertad, quiero que me des la hora límite que nunca llega y el avanzar cauteloso entre laminas de noche.
Piérdete entre mis recuerdos, cuando son recuerdos olvidados los recuerdos que no recuerdan más que recordando recordar.
Mientras está y no estás, yo vigilo mi aliento que desprecia a los aires matutinos; dientes mas que dientes, un saborear colorido que no impone equilibrio al resplandor de mis nuevos dragones.
El espejo sin mi rostro
Más allá de los horrendos aciertos que se convierten en los mejores tiempos de la inmadurez humana, todo lo que nos da el tiempo pisoteado por otros y corrompe la fantasía, nunca más a menudo que los días más arrebatadores; la peste, que veo saliendo de mis horas, después de matar el orgullo imbécil, y las horas menos gratas, te atardece la cabeza de un balazo y el cerebro eufórico de la libertad, cuaja hasta marearme, más de lo que mi sangre corriendo por el nervio óptico. Ahora tengo fría la boca y el dedo en el sitio idóneo, no disparo, imagino que el infierno será ese mismo instinto, al infinito repetido, nada me detiene, el fuego que arde en mi lengua, que abrasa el paladar y apagan un último deseo, el más sexual, que nunca me permití, todos mis impulsos al sentir la angustia existencial se rehúsan a participar de ello, no muero, pero es mi petición más grande, me deformo el rostro y puedo concientisarme del dolor que me depara.
Nada, así es el suicidio mal logrado, una estrella que no terminará de apagarse hasta que el sufrimiento sufra con tu agonía. Para acercarte hay que resistir la lucidez centenaria, una fuerza común; lo puedo imaginar, pero no estoy presente, veo el cielo y no podría decir que entiendo, que por la noche es tan maravilloso, que aun sin verlo alabo las señales que los dioses nos dejaron, nunca lo veré más, el rostro se descompone cual espejo del infierno.
Nada, así es el suicidio mal logrado, una estrella que no terminará de apagarse hasta que el sufrimiento sufra con tu agonía. Para acercarte hay que resistir la lucidez centenaria, una fuerza común; lo puedo imaginar, pero no estoy presente, veo el cielo y no podría decir que entiendo, que por la noche es tan maravilloso, que aun sin verlo alabo las señales que los dioses nos dejaron, nunca lo veré más, el rostro se descompone cual espejo del infierno.
Desde la ultima vez
Desde la última vez han pasado pocas cosas, se algo más de ti, comprendo que la desilusión no tiene lugar y me repito incansablemente las miles de posibilidades que le quedan a este adiós.
Me gustaría entregarme, tan intensamente, tan abierta y tan llena de vida, pero así aprendí a amar, me recuerdan tanta cosas, tu mirada infinita, esa extrañeza al oírte decir cosas tan vánales. Sin embargo me intereso, me pongo a pensar y en pocas palabras dejo fluir un mar de pensamientos. Es ahí donde tu risa burlona me hace una caricia, encontrando el justo momento de buscarte de nuevo, de empezar todo una vez más. Me detiene tu seguridad, esa manera de afrontar al mundo que dispone de mí, un ser carente de voluntad. Donde quiera que estés, las palabras escritas han de recordarte esta pequeña aventura, este conocer y reconocerte, me das las razones para continuar mi camino, me siento libre, grande, pero sobretodo capaz. Que delicada es la mañana del otro día, el placer y el reencuentro. Para qué seguir fingiendo, para quién continuar este cierto sufrir del que no te hablo nunca.
Cuando las cosas han dejado de lado conversaciones serias y lo que nos queda es simplemente el reencuentro entre más personas, mi sonrisa, la misma y sincera de siempre estará buscándote para darte por lo menos un motivo para el recuerdo. Darte la espalda, dejare en el olvido, me suena tan imposible, que repetirlo entre dientes se queda lejos de ser verdad, ahí el caso, lejos de ser verdad como tantas cosas que hoy encuentro, sumida entre el humo, constante compañía, que por desvanecerse no causa ningún tormento.
Desvanecerse, eso es lo que terminara pasando conmigo, rehuiré a tus deseos, repetiré conductas ya aprendidas que saben ser naturales. No es una huida es simplemente ese espacio que marca la diferencia entre el estar y el deseo de compartir algo más a tu lado.
Cuando los otros se burlan, capciosos y mórbidos de mi estado en este sitio, me doy una pausa para sonreír para todos y por todos, algo que no han vivido, algo que me hace superior. Más bien alguien, siempre tú.
Me gustaría entregarme, tan intensamente, tan abierta y tan llena de vida, pero así aprendí a amar, me recuerdan tanta cosas, tu mirada infinita, esa extrañeza al oírte decir cosas tan vánales. Sin embargo me intereso, me pongo a pensar y en pocas palabras dejo fluir un mar de pensamientos. Es ahí donde tu risa burlona me hace una caricia, encontrando el justo momento de buscarte de nuevo, de empezar todo una vez más. Me detiene tu seguridad, esa manera de afrontar al mundo que dispone de mí, un ser carente de voluntad. Donde quiera que estés, las palabras escritas han de recordarte esta pequeña aventura, este conocer y reconocerte, me das las razones para continuar mi camino, me siento libre, grande, pero sobretodo capaz. Que delicada es la mañana del otro día, el placer y el reencuentro. Para qué seguir fingiendo, para quién continuar este cierto sufrir del que no te hablo nunca.
Cuando las cosas han dejado de lado conversaciones serias y lo que nos queda es simplemente el reencuentro entre más personas, mi sonrisa, la misma y sincera de siempre estará buscándote para darte por lo menos un motivo para el recuerdo. Darte la espalda, dejare en el olvido, me suena tan imposible, que repetirlo entre dientes se queda lejos de ser verdad, ahí el caso, lejos de ser verdad como tantas cosas que hoy encuentro, sumida entre el humo, constante compañía, que por desvanecerse no causa ningún tormento.
Desvanecerse, eso es lo que terminara pasando conmigo, rehuiré a tus deseos, repetiré conductas ya aprendidas que saben ser naturales. No es una huida es simplemente ese espacio que marca la diferencia entre el estar y el deseo de compartir algo más a tu lado.
Cuando los otros se burlan, capciosos y mórbidos de mi estado en este sitio, me doy una pausa para sonreír para todos y por todos, algo que no han vivido, algo que me hace superior. Más bien alguien, siempre tú.
De cómo hacer del mundo un lugar habitable.
Cuando aprendemos a caminar y el espacio que nos rodea, es aquel cuadro que aparece al cerrar los ojos, te esperan con los ojos abiertos. Te miran, caes, nadie se mueve y tratas ponerte de pie por primera vez, esa soledad que te da una pequeña libertad acorde a tu tamaño.
El mundo se vuelve pequeño, el paso seguro y los caminos tienen la bifurcación de una elección
Después el mundo que haces tuyo, ese bocado importado que sabe a dulce pasión y a la prohibición celestial. Cuando el castigo es la reacción natural, te dicen que una negación puede ser la afirmación de la existencia, entiendo que las horas muertas a tu lado, son igual de buenas que el conocer las risa sincera. Así dentro del mismo cuento nada que se pueda definir entre un lenguaje natural.
Primero tenemos que dar el paso definitivo para llegar al final del pasillo. Ahí te esperan con un abrazo y como explicar esa sensación de seguridad que te da que te alcen en brazos para mirar al techo
El mundo se vuelve pequeño, el paso seguro y los caminos tienen la bifurcación de una elección
Después el mundo que haces tuyo, ese bocado importado que sabe a dulce pasión y a la prohibición celestial. Cuando el castigo es la reacción natural, te dicen que una negación puede ser la afirmación de la existencia, entiendo que las horas muertas a tu lado, son igual de buenas que el conocer las risa sincera. Así dentro del mismo cuento nada que se pueda definir entre un lenguaje natural.
Primero tenemos que dar el paso definitivo para llegar al final del pasillo. Ahí te esperan con un abrazo y como explicar esa sensación de seguridad que te da que te alcen en brazos para mirar al techo
La "Chilena"
Estoy enamorado, de la que se llama “La Chilena”; aunque no lo es, siempre parece verde; no tiene una pierna, dice que la perdió en la guerrilla o que dio un mal paso y se la quitaron, pa’mi que nunca tuvo. En vez usa una cosa en forma de pierna, yo le llamo “la extra” y como lo robo de algún lado aun así cojea.
Me parece que también me quiere, pero jamás lo sabremos con seguridad, de cualquier modo eso no importa, en realidad parece ya no importar nada, pudiera ser un conflicto pero qué importa. Después de ella no hay nada más en el mundo, siempre pálida, tan enferma, tan débil, todo el tiempo estamos en cama porque ya no le gusta caminar, dice que no hay peor cosa que andar como imbécil de un lado para otro solo por el gusto de pertenecer a la rapidez del mundo. ¿Cuándo se volvió tan sola? Tal vez siempre, ojalá solo lo diga por decir así como cuando jugábamos a hacer las cosas no mas porque sí.
Pienso todo el día en lo dulce que es con ella, conmigo, con todos, dudo mucho que sea real.
Despertamos, nunca hay sol, parece que nuestro día no llegara y nos dormimos nuevamente. Tomo el café, siempre a solas, pues ya no lo tolera como muchas cosas; pareciera que decidió un día salir del río, de la vida, de la nada y del todo. Nunca fuimos buenos amigos de nadie, así que no importa.
Lo que me entristece es que se murió, se fue, yo lo recuerdo y nunca me di cuenta. Así que sigo con mi vida normal con “La Chilena” pero hace año y medio que ya no está. Todos sabían y a nadie le importa. Hoy es mi funeral y si no fuera por ella no estaría solo.
Me parece que también me quiere, pero jamás lo sabremos con seguridad, de cualquier modo eso no importa, en realidad parece ya no importar nada, pudiera ser un conflicto pero qué importa. Después de ella no hay nada más en el mundo, siempre pálida, tan enferma, tan débil, todo el tiempo estamos en cama porque ya no le gusta caminar, dice que no hay peor cosa que andar como imbécil de un lado para otro solo por el gusto de pertenecer a la rapidez del mundo. ¿Cuándo se volvió tan sola? Tal vez siempre, ojalá solo lo diga por decir así como cuando jugábamos a hacer las cosas no mas porque sí.
Pienso todo el día en lo dulce que es con ella, conmigo, con todos, dudo mucho que sea real.
Despertamos, nunca hay sol, parece que nuestro día no llegara y nos dormimos nuevamente. Tomo el café, siempre a solas, pues ya no lo tolera como muchas cosas; pareciera que decidió un día salir del río, de la vida, de la nada y del todo. Nunca fuimos buenos amigos de nadie, así que no importa.
Lo que me entristece es que se murió, se fue, yo lo recuerdo y nunca me di cuenta. Así que sigo con mi vida normal con “La Chilena” pero hace año y medio que ya no está. Todos sabían y a nadie le importa. Hoy es mi funeral y si no fuera por ella no estaría solo.
Gallego
Cuando el gallego se percató que el insoportable dolor que estaba sintiendo no era otra cosa más que esa soledad que provocaba su ausencia, decidió retirarse al otro mundo, esa inexplicable dimensión a donde van los solitarios, los que se sienten en peligro o simplemente requieren de ese mundo de los sueños que no les fue dado.
Ahí, al abrir los ojos, o podría decir: al tenerlos completamente cerrados, se encontró con ese colorido del mundo, propio de quien sabe lo que es una Madre, el agua o una resaca mal curada. Nada le era extraño ¿cuántas veces había estado ahí? En cambio, siguió sintiendo ese vacío, esa inquietud de alma en pena, que no era de arrastrarse por la vida, qué otra cosa sabía hacer.
El abandono puede darnos esa necesidad de búsqueda, aun así en la lentitud de su caminar era difícil averiguar dónde se encontraba. Nada, ni los cinco gatos que lo miraban atentamente, se podría interpretar como una señal de aquella voz, ese pequeño pedazo de piel por el que alguna ocasión paseó tan dulcemente. La otra dimensión, la de los silencios rítmicos. Aquel punto, fuera del espacio, del tiempo externo. Ahí me encontró más desolada que nunca, con lágrimas amargas que eran el sabor reconfortante de la calma. Mis ojos, que casi sin color de tanto que se han lavado, no sabían que era aquello. Me lo habían contado en otra vida. Tuve sueños, muy bellos, intensos entre el sudor y los jadeos. No sabía que era. Me sentí observada, casi desnuda, ante esa mirada que se movía a mí alrededor. Creo que nos besamos, nos entendimos en el silencio, que es silencio natural.
Cuando volvió, al encontrar los mismos ojos tiernos que se fue buscando, algo había cambiado. Lo humano que le hizo ser amante no le permitió nunca ser de nuevo aquel caparazón amado.
Ahí, al abrir los ojos, o podría decir: al tenerlos completamente cerrados, se encontró con ese colorido del mundo, propio de quien sabe lo que es una Madre, el agua o una resaca mal curada. Nada le era extraño ¿cuántas veces había estado ahí? En cambio, siguió sintiendo ese vacío, esa inquietud de alma en pena, que no era de arrastrarse por la vida, qué otra cosa sabía hacer.
El abandono puede darnos esa necesidad de búsqueda, aun así en la lentitud de su caminar era difícil averiguar dónde se encontraba. Nada, ni los cinco gatos que lo miraban atentamente, se podría interpretar como una señal de aquella voz, ese pequeño pedazo de piel por el que alguna ocasión paseó tan dulcemente. La otra dimensión, la de los silencios rítmicos. Aquel punto, fuera del espacio, del tiempo externo. Ahí me encontró más desolada que nunca, con lágrimas amargas que eran el sabor reconfortante de la calma. Mis ojos, que casi sin color de tanto que se han lavado, no sabían que era aquello. Me lo habían contado en otra vida. Tuve sueños, muy bellos, intensos entre el sudor y los jadeos. No sabía que era. Me sentí observada, casi desnuda, ante esa mirada que se movía a mí alrededor. Creo que nos besamos, nos entendimos en el silencio, que es silencio natural.
Cuando volvió, al encontrar los mismos ojos tiernos que se fue buscando, algo había cambiado. Lo humano que le hizo ser amante no le permitió nunca ser de nuevo aquel caparazón amado.
El Divan
Después de que la luz del día le permitiera dar una mirada a su alrededor, se dio cuanta, casi inmediatamente que estaba ya fuera de aquella circular desgracia. Al tratar de voltear para ver lo que era la salida, el miedo fue tal que salto hacía el precipicio. Entre las rocas le encontraron casi muerto. Su rostro reflejaba un pánico inusual; sin pensarlo dos veces lo llevaron lejos, a un mundo con trenes, bares y playa.
Cuando intentaba recordar su otra vida: el pasado aquel en la soledad y un mutismo mortal. Que malo es necesitar de los recuerdos y no tener ninguno. Como buena persona civilizada se recostó en el diván, en búsqueda de alguien que respondiera sus dudas. Le daba pena aquel sitio tan minusiosamente ordenado, cuadros que reflejaban tranquilidades inconcebibles. Fuera, los demás, civilizados también, esperaban en silencio frente alguna revista muy hojeada o simplemente conteniendo su necesidad de ser escuchados.
Él, nunca esperaba sentado, procuraba llegar dos minutos después de lo previsto para no tener que ver a la mujer de siempre disimular su última lágrima de la semana y el sollozo más largo del día.
Cuando entraba, al encontrar al civilizado supremo al teléfono o con la mirada fija en sus notas más recientes, se desilusionaba de manera atroz, cómo explicarle que venía en búsqueda de su atención, no le importaba tener que inventarse sueños e incluso horrendas pesadillas. Sólo el tratar con alguien superior ya era buena recompensa. Pero en fin, se costaba en el diván, no sin pocos escrúpulos, y después de respirar hondo y hacer una pausa de cuatro segundos, comenzaba a contar cosas, nunca algún recuerdo nunca una verdad, sólo relataba situaciones, lecturas, entretenidas anécdotas ajenas, incluso mórbidos incidentes que pudieran arrancar una sonrisa a la piedra que hacía ademán de escuchar.
Un día se dio cuenta, por la noche, que no había en sus notas ninguna referencia al pasado del paciente F-142, nada, ni la infancia ni el reproche a los padres, ni siquiera algún indicio de una primera experiencia sexual. Nada. Se perturbó por su falta de atención y le surgió la necesidad de contactar con aquel hombre sin pasado. Toda la semana le inquietó la idea, ese malestar de no haber hecho bien su papal. Cuando entró por la puerta y tuvo ese rostro que en efecto no tenía pasado, empezó preguntando qué buscaba. El rostro sólo suplicó por regresar al laberinto.
Ahí fue cuando lo supe todo. Se abrazaron, lloraron y tuvieron una de esos momentos. Lo único que nunca supe es que puso la salida frente al vacío de esta vida.
Cuando intentaba recordar su otra vida: el pasado aquel en la soledad y un mutismo mortal. Que malo es necesitar de los recuerdos y no tener ninguno. Como buena persona civilizada se recostó en el diván, en búsqueda de alguien que respondiera sus dudas. Le daba pena aquel sitio tan minusiosamente ordenado, cuadros que reflejaban tranquilidades inconcebibles. Fuera, los demás, civilizados también, esperaban en silencio frente alguna revista muy hojeada o simplemente conteniendo su necesidad de ser escuchados.
Él, nunca esperaba sentado, procuraba llegar dos minutos después de lo previsto para no tener que ver a la mujer de siempre disimular su última lágrima de la semana y el sollozo más largo del día.
Cuando entraba, al encontrar al civilizado supremo al teléfono o con la mirada fija en sus notas más recientes, se desilusionaba de manera atroz, cómo explicarle que venía en búsqueda de su atención, no le importaba tener que inventarse sueños e incluso horrendas pesadillas. Sólo el tratar con alguien superior ya era buena recompensa. Pero en fin, se costaba en el diván, no sin pocos escrúpulos, y después de respirar hondo y hacer una pausa de cuatro segundos, comenzaba a contar cosas, nunca algún recuerdo nunca una verdad, sólo relataba situaciones, lecturas, entretenidas anécdotas ajenas, incluso mórbidos incidentes que pudieran arrancar una sonrisa a la piedra que hacía ademán de escuchar.
Un día se dio cuenta, por la noche, que no había en sus notas ninguna referencia al pasado del paciente F-142, nada, ni la infancia ni el reproche a los padres, ni siquiera algún indicio de una primera experiencia sexual. Nada. Se perturbó por su falta de atención y le surgió la necesidad de contactar con aquel hombre sin pasado. Toda la semana le inquietó la idea, ese malestar de no haber hecho bien su papal. Cuando entró por la puerta y tuvo ese rostro que en efecto no tenía pasado, empezó preguntando qué buscaba. El rostro sólo suplicó por regresar al laberinto.
Ahí fue cuando lo supe todo. Se abrazaron, lloraron y tuvieron una de esos momentos. Lo único que nunca supe es que puso la salida frente al vacío de esta vida.
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